La etnia gitana, como es bien conocido, tiene una procedencia geográfica, lingüística y cultural que viene de la India. Llega a la península Ibérica a comienzos del siglo XV, y tiene que soportar durante varios siglos la constante vida nómada, la ocupación de oficios y tareas marginales, la carencia de arraigo, y una difícil y minoritaria inserción en la sociedad del momento. Tales circunstancias de marginalidad llevan a que muchos de sus componentes, para sobrevivir, se vean obligados a robar y delinquir, lo que conlleva animadversión de muchos pobladores, y hasta persecución decidida por parte de las autoridades.
Incluso en algún momento, como sucede en 1747, reinando Fernando VI, se plantea una “reducción” de la población gitana, la creación de un ghetto para controlar sus actividades. Esto lo ha estudiado con rigor, entre otros, Antonio Gómez Alfaro, que publicó un excelente trabajo en “Historia de la Educación” en el año 1991, explicando las terribles consecuencias que ello tendría para la educación de los niños gitanos. Lo fue de hecho desde entonces y hasta varios siglos más tarde, hasta llegar a nosotros.
Según el reciente informe FOESSA de 2024 la población gitana en la actualidad en España está formada por una estimación de 1.300.000 personas, que representan entre el 2% y el 2.7% del total de la población española. Lo preocupante es que medio millón de gitanos se encuentra en exclusión severa en el año 2024, y que solamente tres de cada diez gitanos están integrados de manera normalizada en la sociedad, con trabajo estable, vida familiar digna, escolarización de los niños en la edad en que es obligatoria. También debemos dejar constancia de que la población gitana va poco a poco superando el nomadismo y el chabolismo.
Pero con datos en la mano, aunque los niños gitanos siguen con regularidad la educación primaria, sabemos que casi el 60 de los adolescentes abandona el sistema escolar hacia los 16 años, en especial las niñas, ofreciendo en muchos casos graves circunstancias de integración en los centros educativos. Por ello no podemos extrañarnos de que la población gitana que accede al bachillerato o a la Formación Profesional represente un número muy limitado sobre el conjunto. El abandono temprano de los estudios por parte de los muchachos y muchachas gitanas en España se situa en torno al 80%, porcentaje inadmisible para una sociedad que propone un sistema educativo inclusivo, en lo físico y en lo social.
Es cierto que funcionan iniciativas muy loables y comprometidas con la educación de la población gitana, como sucede desde hace años con el Secretariado Gitano, vinculado a la Iglesia Católica (también en Portugal). Nuestro apoyo decidido a esta labor filantrópica, con tanta proyección humana y cultural para ese sector de población.
Por todo lo indicado, cabe deducir, y no es extraño, que la presencia de jóvenes gitanos, hombres y mujeres, resulte poco visible en la universidad, por no decir irrelevante. Mientras casi el 70% de los jóvenes españoles están en condiciones de acceder a la universidad, bien por la via del bachillerato o de la Formación Profesional, en el caso de los gitanos no llega al 2% los jóvenes que pueden acceder a la educación superior. Notoria distancia, sin comentarios añadidos.
Buena parte del pequeño grupo de jóvenes gitanos que llegan a la universidad se encamina con preferencia hacia dos campos del saber: el derecho y la educación, muy en consonancia con las dos claves que se requieren para alcanzar mayores cotas de inserción de la comunidad gitana en la sociedad, bien a través del conocimiento de los derechos que les asisten, bien por disponer de los recursos adecuados para socializarse, para aprender y enseñar los instrumentos básicos de la cultura a las generaciones siguientes. Por esto llegan a las Facultades de Educación algunos jóvenes gitanos con el ferviente deseo de formarse para ser útiles s la sociedad, y en particular a la comunidad gitana.
En 46 años de docencia en la universidad, en la Facultad de Educación, he tenido la oportunidad de contar en las aulas y tutorías con la presencia de varios miles de alumnos, principalmente de España, pero también de Portugal y otros países europeos, y desde luego muchos de Hispanoamérica, y algunos, pocos, de África y Asia (Japón y China principalmente). He sido muy afortunado al poder establecer con todos ellos relaciones pedagógicas muy productivas, como diría Erich Fromm, y en casos concretos amistosas. Me refiero ante todo con los estudiantes de doctorado, que han sido muchos, varios centenares en este nivel máximo de formación universitaria.
Haciendo revisión de mi larga trayectoria como profesor, y respecto a la relación docente mantenida con jóvenes gitanos, he de reconocer que las cosas no han cuajado de forma exitosa, aunque creo que no se nos puede achacar desafecto y, menos aún, desprecio por el hecho de que estos alumnos pertenecieran a la etnia gitana. Conviene explicarse.
En estudios de pedagogía recuerdo una joven gitana, muy viva e inteligente, que concluyó con éxito su licenciatura. Más tarde desconozco si ha ejercido alguna actividad docente, de animación sociocultural o pedagógica, y dónde. En los estudios de Doctorado en Educación puedo comentar dos situaciones diferentes. Una de ellas es la de una joven gitana, con capacidad de liderazgo, comprometida con la tarea formativa de las jóvenes gitanas, que inició sus estudios de doctorado aunque no pudo concluirlos por razones familiares y económicas, entre otras. Otro caso bien diferente es el de otra alumna gitana, de origen brasileño, quien con mucho esfuerzo y superando mil dificultades, concluyó con éxito su tesis doctoral sobre la participación de la etnia gitana (cigana) en el sistema educativo de Brasil. Mi reconocimiento a Fátima, y con la esperanza de una vida dedicada a la educación cigana.
Las universidades, por supuesto, también juegan su papel en la promoción de la comunidad gitana a través de su compromiso investigador y formativo, con la atención diligente a los estudiantes gitanos que llegan a los primeros cursos de alguna de las carreras. Tal vez desde los Servicios de Asuntos Sociales se pueda tomar nota de esta circunstancia que no debe pasar desapercibida para una universidad que desea ser socialmente inclusiva, a pesar de las horrorosas presiones que difunden modelos políticos segregacionistas e injustos para las minorías.