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Diretor Fundador: João Ruivo Diretor: João Carrega Ano: XXV

Opinião Facultades universitarias vivas o anodinas

La organización de los estudios y de la investigación en nuestras universidades del siglo XXI toman como soporte la figura de Institutos (Instituto of Education de Londres, por ejemplo), Escuelas (School of Education, de Bloomington en Indiana-USA, por citar alguno entre cientos en el mundo ) o Facultades (de Educación, como en España, por tomar una referencia también del sector educativo). Los modelos son aplicables a la totalidad de saberes y ciencias, y con algunas diferencias pueden considerarse equivalentes. Las variaciones según los países son frecuentes.
En el caso de España las Facultades tienen asignada una responsabilidad orientada a la docencia en exclusiva y su organización, mientras que los Departamentos entienden en asuntos de personal docente y en teoría de la planificación adecuada de esa docencia. Por su parte, los Institutos suelen acoger tareas de investigación casi en exclusiva, y siempre atendiendo a algunas excepciones que les permite asumir alguna actividad docente.
Ahora bien, observamos que existen universidades en España que han eliminado por completo la figura de las Facultades y se han echado en brazos de los Departamentos e Institutos. Para gustos están los colores, como se suele decir.
Si repasamos la inmensa mayoría de nuestras universidades españolas comprobamos que se mueven en torno al modelo de Facultades, heredado del modelo tradicional de la etapa clásica (por ejemplo del Siglo de Oro) o del francés del siglo XIX, tomando como referencia la capacitación y acreditación del título otorgado al estudiante para el ejercicio de una determinada profesión (medicina para los médicos, derecho para los juristas, farmacia para los boticarios, ciencias para los profesores de ciencias en segunda enseñanza, economía para la formación de expertos en economía y empresa, filología para los profesores de lengua y literatura de segunda enseñanza, traducción para los traductores, educación para maestros y pedagogos, y así podríamos avanzar otra decena larga de facultades como sociología, filosofía pura, geografía e historia, trabajo social, psicología, enfermería, odontología, biología, bellas artes, químicas, agricultura y medio ambiente, y otras).
Si pensamos sobre el problema que deseamos proponer ahora, desde el punto de vista de los estudiantes y profesores que interactúan en torno a un campo profesional, la Facultad es el espacio docente y de socialización más habitual, y el que nos identifica a estudiantes y profesores con una identidad universitaria específica, dentro de un ámbito universitario más amplio de identidades compartidas (nos identificamos con un curso, una especialidad, una carrera, una Facultad, una universidad). Podríamos decir que la Facultad es una especie de casa particular, casi de un hogar, ubicada en un espacio mucho más amplio como el que representa la universidad en su conjunto.
De ahí que la Facultad sea en realidad nuestro lugar diario de encuentro entre colegas y entre profesores y estudiantes, así como entre muy diferentes grupos de alumnos con edades e intereses bien diferenciados. Una Facultad está regida por el decano y su equipo de gobierno (elegidos de forma democrática desde el fin de la dictadura), y cuenta con el apoyo de un grupo técnico de personal de apoyo (biblioteca, aulas de informática, gimnasio, gestión de matrículas), así como de otros servicios complementarios de cafetería, servicio de limpieza, seguridad, por ejemplo.
Una Facultad universitaria cualquiera es un pequeño mundo de relaciones de personas y tareas, con vida y estilo propio, si es capaz de construirlo y de mantenerlo. Y esa vida se hace posible con la presencia y participación de muchas personas e iniciativas, ya sea en las fiestas de la Facultad, en la entrega de diplomas de fin de carrera, en la defensa de los intereses de la Facultad en órganos de gobierno de la universidad, en convenios con empresas y instituciones nacionales para la organización del prácticum, convenios para programas europeos como Erasmus, o convenios internacionales de otra clase con organismos, programas, Facultades de otros países, y más.
Este conjunto de factores que intervienen en el ser e identidad de una Facultad universitaria determinada explica las diferencias que existen en la práctica entre Facultades, incluso entre las de un mismo perfil profesional de otras universidades.
Nos damos cuenta con rapidez de cómo es una Facultad, no solo por sus edificios y espacios físicos y su distribución, que también; no solo por la imagen externa, ajardinada que ofrece o no, que también; no solo por la disponibilidad de recursos informáticos adecuados que posea, que también; o de la buena o mala dotación de bibliotecas, también; higiene exterior, sistema fácil de acceso para personas con discapacidad, visibilidad en la prensa local, número y tipología de congresos de sus profesores y estudiantes, visión internacional de sus agentes más activos, imagen externa que se ofrece a la ciudad y las proyecciones sobre la realidad, actividad de voluntariado activo con atención a temas como acogida de refugiados, sensibilidad hacia problemas de inclusión y de etnias, ambiente de estudio que se perciba, cumplimiento de horarios y obligaciones, nivel de participación e implicación real de los estudiantes, y otras muchas maneras de percibir la vida de la Facultad y de sus moradores.
En fin, por fortuna cada Facultad es distinta por el ambiente que al final se ha ido creando y consolidando, por sus tradiciones y modelos de actuar dentro y fuera de sus paredes.
Es posible que los efectos de la reciente pandemia hayan resultado perversos para la construcción de espacios de sociabilidad intelectual, estudiantil y docente en la Facultad. Es posible que las Facultades (al menos algunas) hayan adoptado formas tan burocráticas y descorazonadoras para la creatividad y el entusiasmo, que se hayan acomodado a una vida inane de mínimos, de no tener problemas, de haber matado toda vía de innovación y originalidad. Si se prefiere que no haya ruido, se eliminan programas con amplia participación de jóvenes y mayores que molestan con sus preguntas e “impertinencias”. Si hay que hacer tutorías, que sean de mínimos, no con carácter generalizado, y por tanto se desactivan iniciativas que nacen en esa dirección. La cafetería a veces es considerada como un espacio que estorba a algunos dirigentes, aunque sabemos que ahí nuestra cultura de la sociabilidad académica se construye en torno a un café o una cerveza. Parece prevalecer la práctica de asistencia rápida al aula por parte de los estudiantes, despeje de grupos y los profesores se recluyen a sus respectivos despachos a toda prisa, “cada mochuelo a su olivo”, prevaleciendo la cultura académica individualista.
Estas situaciones descritas, propias de algunas de nuestras facultades, representan el antídoto de lo que debe ser un espacio universitario concebido para el intercambio de ideas y saberes, para la socialización académica, para el clásico ayuntamiento de maestros y escolares que ya propugnaba el viejo modelo de universidad postulado por el rey Alfonso X el Sabio, pero que sigue más vivo y actual que nunca. Y sobre todo necesario.
Por tanto, frente a Facultades universitarias anodinas y vacías, defendamos y apoyemos otras llenas de actividad, de vida, de dinamismo, con creciente participación de estudiantes y profesores, abiertas al entorno, a la vida real, a la postulación de formas generosas de participación y crecimiento pedagógico e intelectual. Solamente de esa forma haremos posible otra universidad, otra Facultad, más humanizada y más exitosa en todos los ámbitos, desde la docencia a la investigación y la extensión universitaria. Frente a Facultades anodinas y carentes de vida, apostemos por otras preñadas y cargadas de deseos innovadores, de vida real y fecunda para todos sus integrantes, y para la sociedad del entorno próximo o lejano, porque es una institución de servicio público.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es