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Opinião Universidad y macrogranjas de cerdos

La universidad, cualquier establecimiento universitario del mundo, debe ofrecer a la sociedad diferentes ramas del conocimiento para ser precisamente universal, como dice su mismo nombre, capaz de abrazar diferentes sectores del saber, los que procedan de las ciencias experimentales y de las humanidades, las que representen las tecnologías y las bellas artes, las ciencias biosanitarias y las que acojan las ciencias sociales en sus múltiples expresiones (la economía, el derecho, las ciencias de la educación, la sociología, las de la comunicación). Una escuela de medicina, por sí sola, aunque sea muy buena, no es universidad. Una escuela de derecho, por excelente que sea, ella sola no es universidad. Una escuela de veterinaria, por reconocida que esté, ella aislada no es universidad. El ser y la riqueza de una universidad está en la oportunidad de interconectar saberes, ciencias, en que su masa crítica pueda enriquecerse en proximidad, en una especie de sinapsis intelectual establecida entre las diferentes ramas del conocimiento científico.
Tal vez las ciencias medioambientales sean el referente más claro de lo que debiera ser universidad en ese campo, porque ahí confluyen con facilidad, por ejemplo, las aportaciones de la biología y la química, pero también del derecho y las ciencias de la educación, la contribución de la psicología social y la biología, pero también de la sociología y la comunicación, los conocimientos de la economía, pero también de la literatura y la filosofía, la veterinaria y la política. En realidad lo ecológico es el plantel de acogida y de referencia de la naturaleza física y la social, y hoy es un paradigma emergente, ya en los últimos cincuenta años, que no es casi nada en la ya larga historia de la universidad.
Además, ya sabemos que la universidad representa al más alto nivel la capacidad de formar los mejores profesionales en los diferentes ramos del saber y de la ciencia, de investigar y generar conocimiento, pero también de hacer extensión y transferencia cultural, técnica y social hacia los ciudadanos a los que sirve, sobre todo si hablamos de una universidad pública.
Conviene tener muy presente todo lo anterior cuando hablamos de “Iberia vaciada. Despoblación, decrecimiento, colapso”, titulo de un libro reciente publicado por Carlos Taibo (2021). El autor coloca en el centro del problema a la denominada raya interior de Portugal y España, un área extensa de territorio ibérico que toca varias regiones españolas y portuguesas, que se va despoblando de forma inexorable desde hace décadas, y convirtiendo en espacio privilegiado para la caza, para la expansión del lobo ibérico, para el asentamiento de yacimientos y centrales nucleares y mineras, para ser basurero inmenso de lo que contaminan y defecan las ciudades próximas o más alejadas. Estos territorios casi despoblados se convierten en lugares atractivos y baratos para asentar industrias contaminantes, macrogranjas de cerdos (también de vacas, gallinas o animales en cautividad completa) con formato de explotación neocapitalista que contaminan de forma abusiva el ambiente (mal olor, aguas contaminadas, destrucción del paisaje natural), que no dejan riqueza donde actúan, pero sí producen efectos contaminantes que expulsan o dificultan la vida de las personas que viven en proximidad, que no fijan población ni tampoco crean puestos escolares para los hijos de las familias que viven en el entorno, que ponen en serias dificultades a la agricultura y a la ganadería tradicionales, que dificultan aún más la vida a los habitantes del espacio rural.
La universidad pública debe pronunciarse e intervenir sobre todo aquello que afecta a su entorno, en particular a los territorios más próximos, sin renunciar a ser una voz orientadora y creadora de la ciencia y del saber universal. Por tanto, son necesarios profesores e investigadores que desde los más diferentes y especializados grupos de investigación (ecología, economía, geografía, sociología, derecho, educación, biología, demografía, politología, psicología social, química, o gerontología, entre otros), y desde las diferentes carreras profesionales que forman especialistas, eleven la voz de la ciencia, y también de la denuncia, para buscar soluciones alternativas, para procurar revitalizar amplias zonas de nuestro territorio de esta Iberia desertizada-vaciada-olvidada-semi abandonada por la ausencia de lo más importante, hombres y mujeres que den vida a la naturaleza y generen riqueza física y social. Y deben hacerlo de forma coordinada e interdisciplinar, porque la complejidad del asunto así lo requiere
Ahora bien, las personas que viven de forma permanente en el espacio rural que ahora comentamos necesitan servicios y un mínimo de calidad de vida en su proceso de producción agrícola y ganadera, en su actividad de servicios turísticos o de explotación forestal. Esto significa que también los universitarios implicados (profesores e investigadores, pero también estudiantes), además de denunciar situaciones de agravio producidas sobre la población rural (las ya mencionadas macrogranjas de cerdos, la contaminación de aguas, la despersonalización del paisaje natural, las deficientes comunicaciones, la ausencia o deficiencia de servicios básicos de tipo sanitario, educativo o social), tienen la obligación ética y profesional de ofrecer soluciones, luz y orientación para las mejoras técnicas y humanas posibles para un amplio territorio donde viven diseminados, y a veces aislados, grupos de campesinos carentes de atención y servicios adecuados, y con frecuencia de baja renta económica.
La universidad como institución, y sus responsables en el gobierno de la misma, también debieran ofrecer líneas estratégicas de actuación para ofrecer soluciones y alternativas que dejaran de ser puntuales y paternalistas para erigirse en una forma honesta y rigurosa de ofrecer soluciones y propuestas de servicios que mejoren la vida cotidiana y al fin la pequeña y legítima felicidad de quienes habitan en su entorno. Los responsables políticos tienen ante sí un gran reto en este tema, pero no son los únicos que han de intervenir en la solución. Son varias las universidades españolas y portuguesas, incluidos los Institutos Politécnicos, que deben sentirse interpelados por esta clamorosa demanda de justicia real que emerge desde el sector primario y el mundo campesino en su conjunto.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es