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Opinião La universidad y el ministerio de la soledad

La soledad del poeta o del escritor creativo para leer, pensar y escribir; la soledad del investigador para documentarse, contrastar y redactar informes; la soledad del profesor para preparar sus clases y actividades didácticas; la soledad de quien ha de gestionar un tema de gobierno de la universidad; la soledad deseada para disfrutar de la belleza del paisaje, de una audición musical, de la lectura sosegada de una novela; todas ellas son soledades buscadas, creativas, necesarias, que enriquecen a la persona, sea o no universitaria. Hombres y mujeres necesitamos nuestros espacios de retirada, de autonomía, de soledad para crecer como personas.
Al mismo tiempo, la universidad como institución es profundamente social, y en ella es imprescindible la relación de individuos y grupos para que sea posible llevar a cabo la mayoría de las actividades del día a día, ya sea en la docencia, en la investigación, en la extensión universitaria, o en el conjunto de su actividad formativa.
Dicho lo anterior, ahora proponemos en esta columna pensar sobre la soledad desde el marco de una institución tan asociativa como es la universidad de nuestros días. Escuchemos algunas de las razones que lo justifican.
El contexto sociodemográfico de varios países ubicados en lo que podríamos denominar el espacio geopolítico del desarrollo (occidental y oriental) nos indica que las condiciones de vida de nuestras sociedades prolonga la vida media de las personas muchos años más que hace solamente cuatro décadas, aumenta el envejecimiento medio de la población, y ello genera de forma indirecta soledades biológicas y sociales de un grupo amplio de hombres y mujeres. Es consecuencia del actual modo de vida socio laboral, y del cambio profundo que se ha producido en el modelo de familia, como consecuencia lógica de la incorporación de las mujeres a la vida laboral exterior en un contexto de dominancia urbana y de ruptura del modelo original propio de la sociedad rural, asentado en pautas familiares nucleares vinculadas a la actividad laboral agrícola y ganadera. Es consecuencia, claro está, de la mejora socio sanitaria y alimenticia de millones de personas, por fortuna.
Pero la soledad constatada no solo es propia de las personas mayores, cuando desaparece uno de los miembros de la pareja. La soledad urbana, sobre todo de las megalópolis, está muy generalizada entre personas con perfil urbano de diferentes edades.
Cuando esta manifestación social de la soledad no es aislada, sino amplia y en ascenso, van surgiendo problemas y prácticas colectivamente inéditas en las conductas sociales: suicidios más abundantes, incremento en el consumo de fármacos relacionados con la salud mental, aumento de consultas en psiquiatría y psicología clínica, problemas severos de convivencia con vecinos, absentismo laboral, disminución del rendimiento productivo y social. Al mismo tiempo nacen demandas nuevas y diferentes en las formas de consumo, en la alimentación, en el disfrute del tiempo libre, y en las respuestas que ofrecen las administraciones y las empresas a las nuevas demandas.
Lo cierto es que algunos países han decidido crear un Ministerio ad hoc para la atención de la soledad. Reino Unido en 2018, Japón en 2019 lo han establecido para buscar respuestas más ordenadas y transversales a la complejidad que representa el incremento constante de las tasas de población que vive en soledad. Otros países europeos, Francia, Alemania y España ya comienzan a plantearse algo semejante, crear un Ministerio de la Soledad.
Ante esta nueva realidad que representa la soledad social no deseada, que va en ascenso en amplios sectores de la población mundial desarrollada, tal vez las universidades debieran prepararse mejor para responder a las nuevas demandas que vienen. Y han de hacerlo, como no puede ser de otra manera, desde el desempeño de sus misiones.
En la formación de profesionales de todos los sectores de la vida pública y económica las universidades han de cultivar mucho más la dimensión ética en los jóvenes que pasan por sus aulas, y fomentar una auténtica paideia universitaria, que combine la formación intelectual con la educación estética y espiritual y física. Por tanto, debe procurar entre los miembros de su comunidad universitaria (profesores, estudiantes y personal de apoyo) un incremento en la participación en actividades de esta clase organizadas por los servicios sociales, deportivos, culturales, de prevención sanitaria de la propia institución de educación superior.
Además, es deseable proponer másteres y cursos especializados sobre la soledad que, diseñados con carácter transversal, formen especialistas en la atención a las muchas personas que se encuentran en soledad no deseada y viven una existencia infeliz. Nos referimos a pedagogos, educadores sociales, psicólogos sociales y clínicos, psiquiatras, sanitarios de diferentes niveles, trabajadores sociales, trabajadores especialistas en servicios culturales y grandes atracciones, filósofos, especialistas en humanidades, entre otros, como potenciales profesionales expertos en la atención a las personas que viven en soledad, y que necesiten ayuda.
La universidad debe contemplar el impulso de grupos de investigación que analicen y den respuestas científicas apropiadas al problema de la soledad desde ángulos muy diferentes de las ciencias humanas, sociales y biosanitarias.
La universidad debe ser capaz de proponer a los ciudadanos del entorno y sus instituciones más explicaciones de difusión científica, y actividades sobre el conocimiento del problema de la soledad.
Desde luego, si se van creando Ministerios de la Soledad en diferentes países, deseamos que no quede “resuelto” en apariencia el tema desde el puro formalismo administrativo, y en el mejor de los casos solo desde la farmacología y la medicina. Se requiere también la colaboración de las universidades aportando propuestas científicas, pero desde las humanidades y las ciencias sociales también, y en todo caso siempre con una contribución preventiva desde la educación, también reeducativa si fuera necesario. Sin exclusiones éticas y formativas. ¡Salud y buena compañía para todos!

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es