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Diretor Fundador: João Ruivo Diretor: João Carrega Ano: XXIII

Opinião Galardonados

El final de cada ciclo académico representa para estudiantes, profesores, familias y responsables de la gestión universitaria la obligación de hacer recuento de esfuerzos, éxitos o fracasos cosechados a lo largo de los meses precedentes. Hay que hablar por tanto de todos los componentes de la comunidad universitaria, aunque desde diferentes visiones y experiencias académicas.
Los estudiantes nacen, se inician, en la universidad formando parte de un grado profesional, uno entre decenas de los posibles en nuestro tiempo, no como en etapas históricas precedentes, cuando la tipología de las profesiones que acreditaba la universidad era realmente reducida. Así discurre su formación durante cuatro, cinco o seis años, etapa en la que ha de demostrar que conoce un número determinado de campos y saberes representados en un cupo de asignaturas o disciplinas, en las que ha de obtener la calificación final de aprobado, al menos, y concluyendo con un trabajo final del grado o licenciatura.
En este proceso de años de formación un estudiante puede demostrar que su respuesta ante las exigencias académicas es de excelencia, y por ello es merecedor de felicitaciones por parte de familiares, amigos, pero también de la institución universitaria. De esa forma algunos estudiantes reciben un diploma, galardón o reconocimiento público de ser los mejores entre sus compañeros de estudios. Es otorgado por parte de los responsables del gobierno de la universidad con el objeto de fomentar la emulación de otros compañeros, y a veces también para hacer ostentación ante otras universidades. Entra en juego la sociología de la distinción, como diría P. Bourdieu, que aquí adopta formato académico, pero también social.
El ser reconocido como el mejor, o los mejores entre muchos de su misma cohorte de estudios, mediante los galardones que oficialmente estén establecidos por las autoridades académicas, es sin duda un incentivo a la emulación de las buenas prácticas de estudios hacia otros estudiantes. Por ello, si se ha podido evitar la insana práctica de la competitividad, con seguridad que goza de interés y significado pedagógico y formativo para todos los compañeros de hornada, para hermanos o familiares, amigos y conocidos. En consecuencia, que públicamente se otorgue notoriedad a la entrega de tales diplomas, galardones o expresiones de distinción a los mejores estudiantes nos parece una práctica social y académica que no debe sufrir especiales objeciones.
El procedimiento de reconocimiento con galardones a otros estudiantes de nivel superior, como máster o maestría (así se dice en América de habla española o mestrado -en portugués-) , salvadas las distancias, puede resultar equivalente a lo ya comentado. Y de manera mucho más importante hemos de considerar el resultado final de la defensa brillante de una tesis doctoral, que es resultado de varios años de investigación por parte del doctorando y el director de su tesis. Aquí se habla de “cum laude” y de premios extraordinarios de doctorado, que deben ser atribuidos a los nuevos doctores que han alcanzado y demostrado un grado brillante de competencia científica en la redacción y defensa de su tesis doctoral.
Sin entrar en otros aspectos relacionados con la ostentación social y económica, que en ocasiones se une artificialmente a los actos de entregas de premios o galardones, algo que puede resultar muchas veces reprobable, por lo excesivo y ostentoso que representa ante el conjunto de la sociedad, para nosotros es bueno que existan momentos, días, actos donde se expresen y cultiven determinados símbolos y ritos propios de la convivencia de las personas y las instituciones, que a veces son el resultado de prácticas académicas construidas a lo largo de décadas o siglos, y que de ninguna manera deben ser eliminadas en la actualidad, aunque procedan de fechas lejanas.
Los hombres y mujeres de nuestro tiempo, nos guste o no, nos movemos en el cotidiano en un mar de ritos y de símbolos, que nos construyen gabinetes especializados en psicología social y empresarial, para consumir más y más, pero que con frecuencia buscan romper artificialmente con tradiciones heredadas, con ceremoniales y ritos de otros tiempos, que también nacieron en su día para festejar actos públicos o personales de alegría y éxito, o para trasladar a los participantes en el acontecimiento signos de referencias e invitación a imitar a los mejores, reconocidos por la sociedad o por una institución, en este caso las universidad.
No debemos tener miedo al uso de ceremoniales y rituales, a festejar y otorgar galardones y diplomas a quienes se lo merecen por inteligencia o laboriosidad, siempre que el proceso de ese éxito haya sido honesto y el resultado final lo sea como fruto del esfuerzo.
Quienes proponen la desaparición de todo este tipo de rituales y reconocimiento público a quienes lo han merecido, abogan por una falsa democracia del igualitarismo fácil, que solamente facilita la vida a los mediocres, pero no contribuye mejorar la sociedad en en determinado aspecto.
Es cierto que en este delicado asunto existe un tema previo y de fondo relativo a la igualdad de oportunidades para que todos los estudiantes dispongan de las condiciones adecuadas para poder alcanzar el éxito, con independencia de su extracción social de origen, o condiciones relacionadas con su etnia de origen, religión, lengua, condición sexual, o personas con alguna discapacidad física. Todo esto debe garantizarse en una universidad democrática del siglo XXI, y es condición previa, sin duda, para poder acceder a esos galardones que hemos comentado. Pero son dos cuestiones diferentes, aunque necesariamente complementarias.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es