La prestigiosa actriz y productora estadounidense, Susan Sarandom (1946), entre otros muchos merecidos galardones en su extensa carrera artística, recibió el Premio Goya Internacional 2026, que la Academia de Cine de España otorga cada a figuras muy señaladas del arte cinematográfico, emanadas del panorama artístico internacional. Mujer de exitosas representaciones en el cine, pero también expresión del pensamiento libre cualificado en materia social, política y sobre las ideas y conductas de nuestro tiempo, concedió hace pocas semanas una extensa entrevista a uno de los periódicos diarios españoles de mayor difusión e influencia.
En esta ocasión, con rigor, seguridad y gran claridad de ideas, Susan Sarandom elevó su voz crítica sobre muchas de las políticas y conductas colectivas, y también de gobernantes mundiales de actualidad, como Donald Trump, el sionismo, entre otros. Al reflexionar sobre las posibles estrategias a adoptar en la geopolítica mundial, y en las políticas culturales y educativas concretas, ella no se limitó a difundir una vez más su punto de vista crítico. Fue más interesante aún su mensaje optimista y constructivo, que podríamos resumir en su expresión, “a pesar de todas las adversidades que se ciernen sobre los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y en particular sobre Occidente y su modo de vida y pensamiento, no estamos solos, podemos juntos”.
Con ello quiso trasladar al lector esa idea de unión y colaboración que resulta imprescindible para afrontar amenazas y agresiones posibles y reales procedentes de las oligarquías tecnológicas que tratan de dominar la política mundial, y también la vida y conductas de los ciudadanos del mundo. La necesidad de unión, de colaboración, entre países y sectores sociales para preservar la libertad, y un modo de vida asentado en determinados valores de libertad, de igualdad, de solidaridad, como el que enarbola la historia de Europa, y de buena parte de la sociedad estadounidense, y también de algunos países no alineados, es la única garantía de resistencia frente a esa agresión continuada que ejercen los monopolios de la economía, la política, la tecnología de nuestro siglo XXI.
Pensar y actuar en soledad y con formato individualista, ya sea en el plano diferenciado de una persona, una comunidad o un país, conduce al desencanto y al pesimismo, a aceptar lo irreversible que es el determinismo mecánico que tratan de imponer los oligopolios políticos y culturales, y en consecuencia a la sumisión frente al poderoso. Los modelos de dominación cultural, tecnológica, universitaria que tales poderes fácticos tratan de imponer en las bellas artes, en la universidad, en la educación de niños y jóvenes, uniformizando, homogeneizando conductas de consumo, valores y prácticas sociales, no son irreversibles, porque, nos dice Suzan Sarandom, “no estamos solos”.
Es decir, la capacidad de lograr prácticas sociales y formas de vida alternativas, diferentes, que tienen las personas, las sociedades, los países libres, resulta inmensa y eficaz, pero siempre que no vayamos solos y desunidos a la confrontación que todos vivimos en cada minuto de nuestra vida individual, colectiva, de país, y de posibles federaciones o uniones internacionales, como es el caso de la Unión Europea.
De la conversación con la actriz afloran sugerencias expresas o indirectas sobre el papel y la responsabilidad que ocupan o deben ejercer las universidades, en sus declaraciones oficiales frente a las agresiones que reciben, en el día de día de sus actividades docentes e investigadoras, en las conductas de todos sus miembros activos, ya sean profesores, estudiantes, personal técnico de apoyo, y también los modelos de gestión utilizados, los ingresos recibidos e inversiones realizadas, la tipología de las nuevas construcciones universitarias o las reformas necesarias, la orientación de los curricula de las muy diferentes disciplinas y especialidades, de la relación pedagógica abierta que debe promoverse entre profesores y estudiantes, entre docentes de una misma especialidad o el necesario intercambio interdisciplinar en muchas ocasiones.
En suma, es perentorio e imprescindible construir un modelo de universidad democrática, colegiada y compartida, que incluya una defensa libre y acalorada de los valores científicos y humanizantes que forman parte de su ser. Debemos no estar solos frente el uniformismo cultural y tecnológico que se nos quiere imponer, frente a la práctica consumada de la homogeneidad de conductas universitarias que interesa y beneficia a los poderes que se ciernen sobre todos los agentes universitarios.
Para construir espacios alternativos a la soledad institucional que a veces se percibe en la universidad pública, ocasionada por la detracción de recursos económicos que ejercen ciertas fuerzas políticas, es preciso apostar por la defensa de los beneficios científicos sociales y económicos que genera en la sociedad de proximidad, o en el conjunto de un país o el mundo.
Para defender la oportunidad histórica que representa la Unión Europea, y algunas de sus expresiones políticas más arraigadas, como es la socialdemocracia, conviene explicar y defender algunas de las políticas universitarias europeas, que se han anclado el ser universitario de nuestro tiempo, como es el ejemplo del programa Erasmus, entre otros. Si queremos, en Europa no estamos solos en nuestras universidades, y solamente unidos o muy próximos podremos defender nuestros proyectos humanísticos, además de los estrictamente tecnológicos, que nos darían mucha más autonomía científica y económica frente al poderío manifiesto de los grandes trusts estadounidenses o chinos.
Pero la construcción de nuevas formas de pensamiento solidario en la universidad, y en sus prácticas cotidianas, requiere de un quehacer permanente de todos sus agentes, para que los profesores trabajen en equipo, mientras son docentes o investigadores, o cómo transfieren sus avances científicos y sociales a la sociedad que les entorna. El profesor individualista está profundamente solo y aislado, ya sea en su cátedra, en su proyecto investigador, en sus relaciones sociales, y es infeliz. Y esa soledad del profesor debe ser combatida en su quehacer laboral cotidiano, para ser más eficiente como persona y profesional, y para construir más lazos de unión como los que precisa la sociedad de nuestro tiempo para corregir el deseo de quienes nos desean ver solos para dominarnos mucho mejor.
La lección de libertad que nos traslada Suzan Sarandom a profesores y estudiantes es propositiva e ilusionante, para la universidad y para la sociedad en este siglo XXI.