Las paredes de un edificio público, ya sean las interiores, ya sean las que en la calle puede visualizar un visitante o peatón observador cualquiera, en ocasiones se erigen en panel expositivo de una inscripción memorialista, de una expresión significativa, de una figura humana o simbólica especial, de un símbolo que ofrece al espectador una pregunta o una información sobre un autor, un hecho histórico, una institución.
En los establecimientos universitarios, sobre todo aquellos que poseen mayor tradición y referentes históricos, los edificios ofrecen a profesores y estudiantes, también a visitantes ilustres, o simplemente a turistas, placas informativas sobre grandes maestros que han pasado por la universidad hace ya años o incluso siglos, frases ilustres de algunos de ellos, símbolos representativos de una etapa, de una cátedra que fue relevante, de un hecho histórico especial. En resumen, quedan plasmados en las paredes o dinteles de las puertas vestigios, ecos especiales de una parte de la universidad, que busca reconocer y prestigiar su propia historia.
Este fenómeno iconográfico y simbólico que ya forma parte de las paredes de algunos edificios, puede ser apreciado de manera natural en muchas universidades, en especial en aquellas de larga raigambre en el tiempo, como sucede hoy mismo en Bolonia, Oxford, París o Salamanca, por mencionar las primeras de la historia de la universidad, al menos la occidental.
Conviene reflexionar con brevedad sobre lo que representa el mundo de la semiología, de los símbolos, de los ritos, tanto en la historia de los pueblos como en la de sus instituciones, y sobre todo en los efectos positivos o disuasorios que representan para las personas que los visualizan o practican. Varios de los ensayos del gran semiólogo italiano, Umberto Eco, inciden y explican la importancia de inscripciones, símbolos que visibilizan la aportación de un hombre destacado en su momento histórico. Eso fue lo que los antiguos romanos llevaban a cabo cuando preparaban una estatua, documento, monumento con carácter memorialista dedicados a una persona emblemática, reconocida socialmente por alguna razón justificada. Esa era también la razón de iniciar la tradición de los centenarios y aniversarios cuando ha trascurrido un determinado número de años, que son los que la memoria personal del individuo puede retener sobre un hecho, una persona una institución.
Aunque el magnífico ensayo del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, titulado “La desaparición de los rituales”, hace muy pocos años llama la atención del riesgo que tiene para la convivencia en nuestras sociedades occidentales la pérdida de algunos rituales, y símbolos, también pone sobre la mesa la necesidad ineludible de los mismos. El hombre es un ser cargado de símbolos, de elementos explícitos y visibles, pero también de otros que lo identifican por sus aprecios de formas, colores, figuraciones o abstracciones.
En los callejeros de las ciudades históricas, en las paredes donde nació un personaje famoso por su acción política o literaria, en las portadas de muchas instituciones, podemos encontrar muchos elementos escritos, pinturas o símbolos que buscan enfatizar la importancia que tuvo el personaje o su época. Los regímenes totalitarios en política han sido, o lo son en nuestro tiempo, magníficos exponentes de lo que decimos, por sus motivaciones políticas. Desean hacer visible su presencia y actos influyentes.
Si nos centramos en los muros y paredes de nuestras universidades, sea en pasillos, sea en fachadas de los edificios, en los dinteles de las aulas o despachos, podemos observar a veces inscripciones, frases célebres de escritores o pensadores, además de fotografías o pinturas, si llega el caso. Tal vez podamos ir desgranando estas apreciaciones en otro momento, en otros artículos.
Hoy queremos detenernos con brevedad en el análisis y comentario de un elemento simbólico del éxito académico, que lo vemos reflejado en algunas universidades, y en concreto en la de Salamanca. Hablamos de los “Vítores”, signo gráfico que simboliza la victoria académica, aunque en alguna circunstancia histórica, como sucede con el franquismo en España, el poder político e ideológico del Estado, fascista o neofascista, se apropia del signo de la victoria, del Vítor, como propio de los vencedores sobre los derrotados.
Sin embargo, el vítor es un símbolo netamente universitario, y muy representativo de la Universidad de Salamanca. El estudio de Luis Enrique Rodríguez-San Pedro y Ángel Weruaga, titulado “Vítores universitarios salmantinos”, publicado hace ya algunos años, analiza en profundidad, con rigor, la presencia de los vítores en muchos de los edificios de la ciudad, y sobre todo en los de mayor relevancia de la universidad.
El vítor es un dibujo pintado en rojo (se decía que con sangre de toro y otras sustancias químicas para fijarlo en la pared), en forma de V, pero combinando letras iniciales en una sola unidad. Tiene, como es obvio, el significado del éxito, de la victoria en un presumible certamen académico, como el que representa el examen de obtención del título de doctor.
La tradición dominante sobre el significado de los vítores universitarios ha arraigado en los tiempos que vivimos, con el significado simbólico del éxito y de le necesidad de dar publicidad de forma perenne al nombre de la persona que obtuvo el preciado grado de doctor en un campo concreto de la ciencia, ya sea el derecho, la medicina, la educación, la filología, las ciencias naturales, la historia o tantas otras. Otro asuntillo complementario sería el lugar que el propietario del Vítor le asigna en la pared, y ahí juega mucho la vanidad del nuevo doctor.
Por ello, podemos hoy observar en muchas facultades universitarias, en sus paredes y muros visibles, al menos en las de la Universidad de Salamanca, que es el principal referente en España para este asunto, un número creciente de vítores, que son los que indican el nombre de la persona que ha obtenido el grado de doctor. En algunas Facultades, como por ejemplo la de Educación, se restringe ese derecho a poner el vítor en el claustro del Colegio Solís, uno de los edificios de la misma, a aquellos doctores que son o han sido profesores en esa Facultad. En otras, sin embargo, se ha sido más permisivo y se puede hablar de una auténtica invasión en las paredes de nombres y símbolos, que siempre buscan ser perennes en la memoria colectiva. Tal vez conviniera ser algo más restrictivo en el uso de los vítores, para no deteriorarlo con el excesivo manoseo del tema.