El desplazamiento de la geopolítica mundial hacia medio y lejano Oriente parece tener algunos efectos y consecuencias poco favorables para Europa, y no solo en el plano estrictamente político o económico. China es el gran gigante, más que emergente, en el impacto económico mundial, y una potencia demográfica imposible de obviar. India es ya el país más poblado del mundo, y con un potencial económico creciente, así como una influencia política día a día reconocida en las instituciones y conflictos internacionales. Pero conviene no olvidar a Japón, Corea del Sur, o países como Singapur, tanto en su impacto económico como en su presencia creciente en las entretelas internacionales. Y desde otra mirada, es insalvable para la lectura geopolítica y económica internacional lo que viene sucediendo en el Golfo Pérsico, Israel, Palestina. Siempre bajo la tutela imperial de Estados Unidos de América, en estos últimos conflictos, aunque no solo en ellos.
No entramos en más detalles, pero motivos suficientes hay para afirmar que hace ya tiempo que Europa ha dejado de vertebrar las directrices de la gobernanza mundial para tener que aceptar un nuevo orden en el que la economía y las grandes decisiones políticas ya no pasan en primer lugar por Europa. Además, Europa no puede ofrecer al día de hoy un modelo de respuesta único ante los asuntos que afloran, teniendo en cuenta la enorme diversidad que existe entre los numerosos países que la componen.
Y desde este marco se nos suscita la pregunta por el papel que ocupan hoy, y pueden desempeñar en el futuro, las universidades, que fueron creación netamente europea, que vienen funcionando desde el siglo XIII, que han dado luz y razón al mundo en todos sus continentes mediante su instalación y funcionamiento actual en 195 países, adoptando pequeñas variantes.
En nuestra opinión, lo novedoso de la situación actual de las universidades europeas, en lo que se refiere a su posición ante estrategias internacionales, es que, además de tratar de mantener la necesaria cohesión e intercambio entre universidades ubicadas en el mosaico de países que ponen Europa (y no solo la Unión Europea), da la impresión de que se abren nuevos capítulos en las relaciones bilaterales entre universidades europeas y otras de países orientales.
La universidad en Europa continúa siendo hoy un activo incuestionable en su capacidad para crear y mantener programas tan exitosos como el Erasmus, en la formación de profesionales de primer nivel, en el cultivo y producción de conocimiento científico puntero en muchos casos, en la exploración y defensa de sectores de las humanidades y de las ciencias sociales, en la extensión y proyección de avances novedosos del saber a sus respectivas sociedades, y también en la transferencia de conocimiento transformador al entorno próximo y lejano.
La universidad europea continúa siendo para millones de ciudadanos del mundo un referente y una aspiración, en muchos campos de la ciencia y de los saberes. Más aún cuando una potencia universitaria como la de los USA comienza a ser cuestionada, por diferentes motivos. Mientras tanto, todavía Europa hoy, aunque con algunas dificultades e incertidumbres, mediante la acción de sus universidades representa modelos de convivencia, de democracia, de distribución de la riqueza, que son ansiados, incluso admirados, por millones de ciudadanos de otros continentes, cual si fuera una tierra prometida, un paraíso.
Sin embargo, observamos también que día a día son muchas las universidades europeas de nuestro entorno que buscan en Oriente contactos, negocios, incidir en actuaciones académicas conjuntas, adoptar pautas tecnológicas de producción y gestión practicadas, captar estudiantes, abrir nuevos campus de extensión de la marca y casa madre en países como China o Singapur.
Y al mismo tiempo comienza a producirse una creciente influencia de pautas docentes e investigadoras emanadas de estos países que ofrecen resultados altamente competitivos en sus sistemas educativos y universitarios, basados en el criterio de absoluta competitividad individualista, y de la eficiencia de la ciencia aplicada y del negocio, pasando por encima de otros valores y consideraciones, como la cooperación docente e investigadora, que están en la base del modelo europeo de universidad.
Es decir, la apuesta por el estudiante y el profesional exitoso de aquellos modelos universitarios orientales genera estilos de enseñar e investigar eficientistas, sin tomar en consideración otras variables. La calidad que pueden mostrar, incluso ostentar, en sus productos universitarios representa una apuesta por el producto final, trazado como aspiración por gobiernos o empresas tecnológicas. En ese modelo que llamamos eficientista, no interesa en absoluto el grado de participación de los agentes del proceso de enseñanza y aprendizaje, o de investigación compartida, y menos aún propuestas de participación democrática. Lo único que prevalece es el éxito o el medro del individuo en el contexto universitario donde desarrolla su actividad.
Las universidades europeas, al menos al públicas, tienen la obligación intelectual y moral de saber proteger y difundir pautas de formar profesionales y de producir conocimiento que se adhieran a formas y principios de respeto a valores democráticos, a criterios ciudadanos y morales básicos para la convivencia y la defensa de la libertad, la igualdad y la justicia, de prácticas sociales y científicas respetuosas con el medio ambiente.
El mundo solamente será sostenible y viable desde criterios que ha encarnado históricamente Europa, en primer lugar, y que ha sabido trasladar a otros espacios culturales, a veces en plena contradicción. Ahí se encuentra el papel y la responsabilidad de las universidades, y también el de saber mirar e interpretar el significado de las aportaciones tradicionales y actuales de modelos universitarios que hemos denominado orientales, y que tienen claras señas de identidad, aunque para nosotros sean muy discutibles.