Un título tan asertivo como el que encabeza esta columna a más de un lector le puede parecer exagerado, sin duda. Reconocemos que con su uso al frente buscamos llamar la atención sobre un fenómeno universitario de nuestro tiempo, en el espacio mundial, que se aproxima de forma creciente a lo que entendemos por supremacismo. Nosotros buscamos aquí ubicarlo en el plano en que se mueve la educación superior y las universidades, pero es evidente que trasciende el marco universitario en que aquí nos situamos.
El significado más usual del concepto y palabra supremacismo expresa la defensa y el convencimiento de la superioridad de un pueblo sobre otro, de una etnia sobre otra, de una lengua sobre otra. Generalmente se refiere a la posición preeminente y excluyente de la considerada raza blanca sobre la negra, amarilla, o cobriza. Inicialmente el supremacismo tiene procedencia europea, y así se manifiesta en poblaciones con ese origen, aunque se ubiquen en otros continentes. Ello, es evidente, tiene consecuencias obvias en la educación de los pueblos y en sus instituciones, escuelas o universidades.
Uno de los ejemplos más sangrantes del supremacismo lo encontramos en el continente africano, en el extenso territorio de Sudáfrica, donde se han desarrollado las luchas más vehementes contra el apartheid. Una de las figuras más destacadas de ese movimiento en pro de la defensa de los derechos de los negros frente a los blancos colonizadores ha sido el líder negro Nelson Mandela. Pero conviene detenernos con brevedad en recordar el pensamiento supremacista que sostiene tales prácticas que van en contra de los derechos fundamentales de las personas. Aludimos a Sudáfrica.
El joven inglés Cecil Rhodes (1853-1902), más tarde uno de los hombres más ricos del mundo en su tiempo por sus negocios mineros, y de diamantes sobre todo, fue uno de los artífices de ese pensamiento reaccionario, gestado en el contexto sudafricano y desde una posición de dominio por parte de los ingleses como potencia colonizadora sobre los pueblos africanos originarios. Así lo recoge en su texto, “Confesión de fé” (1877), carente de escrúpulo alguno, y cito “Mi principal objetivo en la vida es ser útil a mi país, Inglaterra. Yo afirmo que somos la mejor raza de la tierra, y que la absorción de la mayor parte del mundo bajo nuestro gobierno significará el fin de todas las guerras. Si Dios tiene un plan, hay que saber primero cuál es la raza que Dios ha escogido como divino instrumento para su plan. Incuestionablemente esa raza es la blanca. Los blancos han alcanzado la cima en el esfuerzo de la existencia y logrado el más alto nivel de perfección humana. Dentro de la raza humana el hombre anglohablante, sea británico, americano, australiano o surafricano, ha demostrado ser el mejor instrumento del plan divino para desarrollar la Justicia, la Libertad y la Paz en la más amplia extensión posible del planeta. Por eso yo dedicaré el resto de mi vida a los propósitos de Dios y le ayudaré a lograr que el mundo sea inglés”.
Desde tales supuestos ideológicos se desarrolló la barbarie imperialista inglesa, no solo referida África, sino proyectada en todos los continentes. Uno de los más expresivos ha sido, y es, sin duda, el de los actuales Estados Unidos, donde están muy de actualidad estos comportamientos e ideas decididamente supremacistas. Trump es una buena expresión de todo ello, pero también muchos millones de ciudadanos de aquel país que siguen y votan sus directrices.
De una forma algo más suavizada, pero real, se ha ido imponiendo este supremacismo anglófono en las formas de concebir la educación familiar y escolar, incluida la universidad. Pero no solamente en los actuales USA, sino por doquier, en todo el mundo. Desde una posición neocolonial e imperialista se ha ido difundiendo en las universidades de todo el mundo la preeminencia de la cultura y la lengua inglesa, con la inevitable consecuencia de ir anulando poco a poco otras tradiciones y prácticas universitarias, como por ejemplo las que representan en Europa modelos tradicionales de universidad como el francés o el alemán.
Lenguas tan importantes y socialmente difundidas como el portugués, el francés, el español, el alemán, o el italiano, por no continuar abundando en ejemplos, están quedando arrinconadas, y despreciadas, en los círculos científicos y universitarios de todo el mundo. El profesor o el investigador que no hable y se relacione en inglés, o escriba sus artículos y libros en inglés, va camino de ser irrelevante, y menos conocido y respetado en lo científico. Quien ahora escribe estas líneas, que posee un uso razonable de la lengua inglesa, pero también de otras como el portugués, el francés, italiano, o el español, podría poner varios ejemplos de situaciones vividas, de claro contenido supremacista. Pero no solo manifestada en los USA, sino que el supremacismo es una cultura lingüística y científica hoy ya muy arraigada en las universidades de todos los continentes. Lo que no sea o proceda del mundo científico anglosajón queda automáticamente despreciado, en segundo plano o nivel.
Además, ese supremacismo excluyente se manifiesta dentro de la cultura académica universitaria no solamente en la comunicación lingüística, con la imposición del inglés como lengua homogeneizante, uniformizadora y excluyente de otras, tan valiosas o más. Son muchas y variadas las formas de imposición de los modelos ingleses de concebir las universidades, sus tareas docentes e investigadoras. El uso exclusivista del inglés como lengua “oficial” de la ciencia en el mundo, da por supuesto que lo que no está escrito en inglés carece de visibilidad. El uso de la lengua inglesa como vehículo casi exclusivo de la ciencia en reuniones científicas, congresos, reuniones de gestión académica, representa un desprecio incalculable para quienes no hablan o escriben bien en esa lengua que se considera “canónica”.
Aterricemos aún más en sutiles y pequeños ejemplos supremacistas, como es el caso de la imposición absoluta de la forma de citar en los trabajos científicos a través de las famosas APA, que han representado la eliminación del modelo de citas cintíficas con larga tradición en las universidades europeas. O pensemos en la eliminación en las citas de autores del nombre completo por las iniciales en exclusiva, lo que significa que las mujeres pierdan visibilidad científica. Ahí aparecen, además, micromachismos supremacistas.
Pensemos, por ejemplo, en la estructura de la organización de los estudios (grado, maestría y doctorado), implantada por doquier siguiendo el modelo anglosajón, y que ha supuesto la transformación profunda, o la ruptura y desaparición, de modelos docentes y académicos de larga tradición, como el francés o el alemán. Y ello sin entrar en la moda, ya muy generalizada, de impartir muchas disciplinas docentes en lengua inglesa, a veces con obvias imperfecciones pese al voluntarismo del profesor.
Podemos continuar añadiendo otras muestras y ejemplos de ese modelo supremacista, que se acepta acríticamente como canónico para la universidad, como por ejemplo el exceso de utilitarismo, del concepto de transferencia, de cómo ha de financiarse la universidad pública.
Frente a estas actitudes supremacistas , nuestra apuesta es por una universidad inclusiva e intercultural, y una universidad que respete las identidades, las lenguas y las aportaciones de saberes y ciencias que procedan o se construyan en espacios culturales diferentes al hegemónico y dominante canon anglosajón de la ciencia y de la educación superior. Lo dejamos aquí.