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Opinião Exámenes on line

No es ninguna extravagancia, tampoco es una novedad, y sin embargo no es habitual. Nos referimos a la celebración de pruebas de evaluación no presenciales, en línea, vía internet. Son muchas las modalidades de evaluación posibles de utilizar en la tarea docente en la universidad, incluidas las no presenciales, pero antes de avanzar nuestra posición ante los exámenes en línea vamos a partir de un hecho concreto sucedido recientemente para poder reflexionar más tarde a partir del mismo.
Todos sabemos que nos encontramos metidos de lleno en una terrible pandemia ocasionada por el peligroso y mortífero Covid-19, que nos obliga a adoptar medidas de cautela, aislamiento, distancia social, confinamiento, uso de mascarillas, limitación de uso compartido en los espacios públicos, cribados masivos de población con tests de control, especial atención a la disponibilidad hospitalaria, preocupación desde la atención primaria en los centros de salud, expansión del virus, llegada y administración de vacunas, toque de queda nocturno, uso limitado de la vida social, prohibición de actos deportivos o culturales masivos, y otros detalles de lo que afecta al mundo, con peligro grave para la vida y la salud, en todos los continentes. Podríamos continuar ampliando un buen rato este listado de adjetivos, prohibiciones y medidas adoptadas entre nosotros por los diferentes gobiernos central, autonómico, municipal y sanitario sobre todo, sin dejar de bajar en la escala inferior a las normas y reglamentos particulares de los centros universitarios .
Este conjunto de factores sociosanitarios derivado de la contagiosa pandemia también condiciona la vida normal de las escuelas, centros de enseñanza y universidades en sus actividades habituales. Hace unos meses, en la llamada primera ola de la pandemia, a consecuencia del confinamiento masivo, no quedaba más remedio que buscar salidas alternativas con fórmulas telemáticas para el desarrollo de la actividad docente, con las consecuencias negativas y los condicionantes conocidos para los procesos de enseñanza y aprendizaje entre profesores y alumnos de todos los niveles de enseñanza, incluida la evaluación de los estudiantes. También afectó a la universidad esta situación, y se solventó telemáticamente como se pudo, porque no quedaba más remedio. Los docentes pasamos muchas horas ante la pantalla viendo solamente caras de alumnos o colegas, en el mejor de los casos. Después vienen la segunda y tercera ola, en circunstancias algo diferentes, con una cierta flexibilidad en lo que se refiere a la presencia física en las aulas, también en la universidad.
La opción por una docencia presencial plena, o parcialmente compartida, ha sido adoptada como criterio preferente por nuestras autoridades académicas universitarias, en mi opinión con buen criterio, por las indudables ventajas que representa para todos la actividad presencial de enseñanza y aprendizaje. Es cierto que exigiendo el cumplimiento riguroso de normas básicas de distanciamiento, ventilación de aulas y despachos, higiene y sistemas de circulación seguros en el interior de los edificios para evitar o mitigar los posibles contagios. La universidad es segura en lo sanitario, y las condiciones establecidas, que se cumplen, no facilitan los contagios, en absoluto.
Lo sucedido hace pocos días, con motivo de la celebración de las pruebas finales del primer semestre, al menos en alguna de nuestras facultades, merece una pequeña reflexión. Un grupo de estudiantes, en su mayoría procedentes de la Facultad de Derecho, que ronda sobre el cinco por ciento del total de estudiantes de nuestra universidad, puso el grito en el cielo contra los exámenes escritos que se iban a celebrar, aduciendo problemas de seguridad sanitaria (contagio o frío y riesgo de pulmonía al abrir las ventanas) y reclamando como alternativa exámenes telemáticos, por vía digital. Tal vez porque meses atrás el uso digital para los exámenes les había facilitado el aprobado, o por otras razones no explícitas. Lo cierto era que esa alternativa, la de hacer los exámenes escritos por vía telemática, no respetaba lo establecido en la guía académica de las asignaturas aprobada con antelación de meses. La respuesta de los órganos académicos fue desfavorable a tales pretensiones de este grupo de estudiantes, porque en último término no estaban justificadas.
Esta situación generada con motivo del formato de exámenes de una determinada facultad universitaria nos invita a pensar, un poco más allá, en el modelo de evaluación utilizado en la universidad, que puede (seguramente debe) adoptar diversas modalidades. Caben muchas y diferentes formas de evaluar la adquisición de conocimientos y competencias que ha logrado un alumno , pero siempre dependiendo de la tipología de las asignaturas y del modelo docente propuesto por el profesor, que en la actualidad está diseñado y aprobado con varios meses de antelación a la fecha en que han de entregarse las calificaciones a los estudiantes. Así sucede con la evaluación mediante pruebas objetivas, la de respuestas electivas, la evaluación continua y combinada, la redacción escrita de temas o cuestiones, la evaluación oral, la presentación de resúmenes de artículos, la elaboración de pequeños trabajos de investigación, la exposición ante un jurado o tribunal (como sucede en Trabajos Fin de Máster o en defensa de Tesis Doctorales), el trabajo en equipo, el posible trabajo y prácticas de campo, y las modalidades on line que se hayan consensuado entre el profesor y los estudiantes.
En fin, la evaluación entre nosotros ya no suele reducirse a un solo modelo, sino que se pueden combinar varias fórmulas , y tal vez se deba. Pero siempre respetando la libertad de cátedra del profesor, y las normas establecidas y aprobadas por el organismo responsable al que administrativamente se adscribe el docente.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es